Proyecto sobre Diversidad Sexual  

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EL TRAVESTISMO:

¿RUPTURA DE LAS IDENTIDADES SEXUALES, REFORZAMIENTO DE LOS PROCESOS DE GENERIZACIÓN O IDENTIDAD PARADÓJICA?

 

 Josefina Fernández 
Buenos Aires, Agosto del 2000

Yo tengo el género femenino, lo que rodea la persona, lo que te marca como género femenino, esas tengo. Por ejemplo la forma de vestir, de vivir, las actitudes, el nombre, la vida cotidiana: por ejemplo, levantarme y ponerme crema, que no es del género masculino. De lo masculino también tengo cosas. Cuando era chica yo trataba de ocultar lo femenino, que no se me escapara para que no me descubrieran. Luego hice lo contrario, que no me salieran gestos masculinos. Ahora ya nada de eso me importa.

 Testimonio de una activista travesti 

 


INTRODUCCIÓN
El encuentro

En el año 1997 estallan en la Ciudad de Buenos Aires los debates en torno a la derogación de los Edictos Policiales.

Los edictos, comprendidos en el llamado Código de Faltas, son facultades ejercidas por la policía para reprimir actos no previstos por las leyes del Código Penal de la Nación. Cuando se otorga la autonomía a la Cuidad de Buenos Aires, los edictos caducan y la nueva Legislatura porteña debe elaborar una norma que los reemplace[1][1].

En marzo de 1998 se sanciona el Código Convivencia Urbana en el que desaparecen figuras tales como la prostitución, vagancia y mendicidad y las detenciones preventivas en materia contravencional.

 La aprobación de este código generó serias polémicas en el interior de la sociedad, la discusión se polarizó entre quienes lo apoyaban y quienes sostenían la necesidad de continuar con las penas otorgadas por los edictos, sobre todo las referidas a la prostitución
[2][2]. Esta situación constituyó una oportunidad para que algunos movimientos sociales, especialmente el movimiento gay, lésbico, travesti, transexual y bisexual (MGLTT y B), asociaciones de derechos humanos y otras del movimiento feminista, se manifestaran públicamente en contra de cualquier modificación al nuevo código. Como militante del movimiento feminista participo de  las acciones en defensa de las mujeres en prostitución que se negaban a todo tipo de regulación del Estado sobre su trabajo. Es en ese contexto que conozco a integrantes de las organizaciones travestis, a quienes dos figuras contravencionales las implicaban en los debates: usar prendas del sexo contrario en lugares públicos y ejercer la prostitución callejera. Hasta entonces, mis vínculos con el travestismo se habían limitado a lecturas aisladas sobre el tema.

“Toparme” con las travestis – y digo  toparme porque en realidad fue un hecho accidental conocerlas – puso  en crisis muchas de las categorías que organizaban mi visión del escenario feminista en el que estoy comprometida. Con la introducción de la diferencia entre sexo y género, el movimiento feminista había ganado un punto de partida fundamental para elaborar un discurso crítico de las “sociedades patriarcales”, capaz de orientar una práctica social y política contra la subordinación de la mujer en sus diversas manifestaciones. La clara ganancia teórica y política que implicaba considerar al género como el significado cultural que el cuerpo sexuado asume en un momento dado, era puesta en cuestión por el travestismo. En efecto, éste parecía decir a la sociedad que, aún admitiendo la existencia de un sexo binario natural, no había razón alguna para suponer que también los géneros son dos. ¿No era el travestismo un ejemplo de aquella advertencia que Judith Butler (1991) venía haciendo a la teoría feminista respecto a que las “interpretaciones múltiples del sexo” pueden ser predicadas tanto de cuerpos masculinos como femeninos? Cuanto menos, el travestismo me enfrentaba a una interpretación del sexo biológico diferente a la esperada.

A medida que el travestismo adquiría visibilidad interpelando las relaciones establecidas entre construcción social del género, diferencia sexual y orientación sexual, mis preguntas sobre estos temas fueron asumiendo la forma de un proyecto de investigación cuyos resultados dieron origen a este trabajo.

El proyecto de investigación

La pregunta central del proyecto fue la siguiente: ¿Cuáles son las representaciones de género del travestismo? ¿Constituyen ellas un reforzamiento de las identidades de género socialmente establecidas como femenina y masculina? ¿Es el  travestismo un tercer género?  O, por el contrario, ¿estamos ante una identidad paradójica para la cual la categoría género resulta insuficiente?

A partir de estos interrogantes, me propuse estudiar las prácticas y representaciones de género asumidas por las travestis en distintos escenarios sociales: la familia, la práctica prostibular, el movimiento gay, lésbico, travesti, transexual y bisexual y el espacio público. Las razones por las que privilegié estos escenarios fueron diversas. Las actividades exploratorias me llevaron a considerar el ámbito familiar y al trabajo prostibular como centrales en el proceso de construcción de la identidad travesti.  La disputa de las travestis por abrir espacios de legitimidad social como tales, me convencieron de la necesidad de estudiar su participación en el movimiento por las minorías sexuales y sus modos de presentación en la esfera pública y en los medios de comunicación. En estos escenarios, el travestismo organizado desarrolló gran parte de sus luchas y confrontaciones para obtener reconocimiento. A través del estudio de las relaciones que establecen con sus familias y en el trabajo prostibular callejero, me propuse reconstruir el cuadro de las redes de relaciones sociales en el que las travestis definen, disputan y negocian sus identidades. En torno al análisis de las luchas  que el travestismo organizado establece en el interior del movimiento gay, lésbico, travesti, transexual y bisexual y en el espacio público, busqué estudiar los procesos de confrontación y diferenciación en los que ellas nombran y debaten su identidad como colectivo. Develar estos procesos de interpretación de las relaciones de género y las prácticas que generan, fue el objetivo definido para desarrollar la hipótesis central del proyecto; hipótesis que recogía la inquietud que me produjo el encuentro con ellas: el travestismo cuestiona los principios de clasificación y reconocimiento de identidades de género legitimadas socialmente.

Las estrategias metodológicas

Para el desarrollo de la investigación asumí un punto de partida deconstruccionista que buscaba indagar no sólo el lugar que ocupan las travestis en las categorías establecidas en el espacio social de los géneros, sino también su capacidad para confrontar con el lenguaje hegemónico de las identidades genéricas. Asimismo, consideré que esta confrontación que está situada socialmente y que ha sido incorporada en la subjetividad de las travestis bajo la forma de disposiciones históricamente construidas, debe ser estudiada empíricamente. Y es con relación a este punto que la perspectiva metodológica de Pierre Bourdieu resultó acorde.

En primer lugar, ella me alertó sobre el riesgo de estudiar el travestismo como un objeto preconstruido o como un microcosmos cerrado que se define a partir de determinadas propiedades dadas por conocidas. El objeto mismo del estudio no era un punto de partida, sino más bien un resultado de la propia investigación. Se trataba de abordar el travestismo como un fenómeno relacional que se define y construye en el interior de un campo de relaciones, diferenciándose y conquistando su identidad frente a otros a través de prácticas y luchas simbólicas que necesitan ser estudiadas de manera explícita y específica.

En segundo lugar, este enfoque me permitió estar atenta frente a la tentación subjetivista que suele construir el travestismo como un actor autoproducido a través de actos voluntarios, libres de toda determinación histórica, actos que muchas veces reproducen las posiciones previamente asumidas por el/la investigador/a. Esta manera de construir el objeto de estudio ha llevado en ocasiones a concebir al travestismo como la verdadera forma de existencia auténtica o como el nuevo sujeto de la liberación de la opresión de género. Lo que los enfoques subjetivistas olvidan es que las representaciones genéricas construidas por las travestis son el producto sedimentado de experiencias acumuladas históricamente e incorporadas bajo la forma de disposiciones que, ante cada nuevo escenario, encuentran oportunidades más o menos favorables de actualizarse o modificarse. Como sabemos, Bourdieu llama a estas disposiciones, habitus. Desde esta perspectiva, y aunque parezca una obviedad decirlo, pese a que el travestismo hace su aparición en la escena pública de manera reciente en la Ciudad de Buenos Aires, lo hace trayendo consigo una acumulación de experiencias adquiridas e interiorizadas bajo determinadas condiciones sociales y económicas que requieren ser estudiadas.

En tercer lugar, el enfoque metodológico escogido me proporcionaba un marco de referencia para responder a la pregunta acerca del significado y la dirección de las disputas y confrontaciones de las agrupaciones travestis en términos de luchas simbólicas. Lo que está en juego en estas luchas no es sólo la presentación del grupo como tal y la obtención de reconocimiento social (dimensión objetiva), sino también las formas en que se busca obtener ese reconocimiento, la disputa sobre los esquemas de percepción y evaluación hegemónicos en la sociedad (dimensión subjetiva). En efecto, la reciente aparición de las organizaciones travestis en los espacios públicos expresa el lado objetivo de esta lucha: lucha por “hacerse existir”, por darse visibilidad social desde los márgenes sociales en los que la sociedad ha ubicado a las travestis. Desde el lado subjetivo, sin embargo, la pregunta es acerca de cómo existir, cómo exigen las travestis ser reconocidas, cuáles son los lenguajes y las categorías que se movilizan en ese reconocimiento.

La recolección de los datos

Si bien el tema de la investigación fue el travestismo y las representaciones de género, el foco estuvo puesto en un tipo particular de travestismo: el travestismo prostibular acotado a la Ciudad de Buenos Aires y organizado en la década de los años 90 en alguna de las tres asociaciones existentes: Asociación de Travestis Argentinas (ATA), Organización de Travestis y Transexuales de la República Argentina (OTTRA) y Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT). Este recorte se debió en parte a que mi  relación con las travestis tuvo como marco la lucha organizada que ellas emprendieron en torno a la despenalización de la prostitución y la derogación de una figura contravencional que penaba el  travestismo por usar prendas del sexo opuesto. No obstante, cabe destacar que la mayoría de las travestis que residen en la Ciudad de Buenos Aires viven de la prostitución, siendo un número muy bajo el de aquellas que tienen otras actividades laborales.[3][3]

La información utilizada en la investigación proviene de  fuentes diversas. La más importante de ellas son las entrevistas semiestructuradas realizadas a activistas travestis que, con distintos grados de compromiso político, integran alguna de las  tres asociaciones ya señaladas. Luego de unas pocas entrevistas abiertas de carácter exploratorio, elaboré una guía de los temas comprometidos en la investigación que fue usada  para el resto de los encuentros con las informantes. Esta guía contemplaba como nudos temáticos cada uno de los espacios de relación propuestos en el proyecto original. En el caso del movimiento gay, lésbico, travesti, transexual y bisexual se sumó, además, información obtenida a partir de otras fuentes. Una de ellas fue la observación participante en las reuniones que prepararon la celebración de la VIII Marcha del Orgullo GTT y B  en noviembre de 1999, y en la marcha misma.

Por otra parte, con el objetivo de indagar las representaciones identitarias de las travestis en su lucha por obtener legitimidad social, recurrí al registro de las voces del grupo en estudio en la prensa escrita; restringida ésta al período 1997-99, años en los que comienza el travestismo a tener una presencia importante en los medios de comunicación y, por tanto, en la opinión pública general.

Por último, mis notas de campo, recogidas no sólo en situación de entrevista sino también en otras actividades en las que tuve oportunidad de participar en calidad de observadora. Además de las ya mencionadas, cabe destacar: movilizaciones callejeras convocadas por las mismas organizaciones travestis o siendo éstas parte de una convocatoria mayor; tres talleres de prevención del HIV/SIDA en la población travesti desarrollados por una organización no gubernamental local y uno impulsado por las líderes de dos de las asociaciones travestis cuyo objetivo fue “sensibilizar” al público asistente al mismo sobre las condiciones de vida del grupo en estudio.

La información obtenida mediante grabador fue transcripta textualmente. El  conjunto de los datos recolectados fue sistematizado tomando como ejes para ello los temas implicados en el proyecto. A un primer agrupamiento por temas, le siguió su codificación por subtemas. El análisis de la información así codificada permitió identificar regularidades y diferencias que, interpretadas a la luz de las preguntas teóricas reconstruidas a través de la investigación bibliográfica, me condujeron a los resultados que expongo en este trabajo.

 

Presentación de resultados

Antes de terminar esta introducción, querría dar cuenta de la estructura que organiza la exposición de los resultados obtenidos. En la primera parte, presento la indagación bibliográfica realizada en torno a la historia del surgimiento del término travesti en el mundo moderno, su separación conceptual de la homosexualidad y el transexualismo. No tiene esta parte el ánimo de definir al  travestismo sino de situarlo históricamente.

La segunda parte está referida al estado del arte del debate actual sobre travestismo; tema éste que casi no ha merecido exámenes académicos en Argentina pero sí en países europeos y en EEUU. Las lecturas realizadas para la elaboración de esta parte fueron organizadas en tres capítulos que dan cuenta de las tres hipótesis más frecuentes en el tratamiento dado al travestismo. Los capítulos se titulan: El travestismo como expresión de un tercer género, Reforzamiento de las identidades de género y El género en llamas.

La tercera parte comprende el análisis de los datos recogidos y sistematizados y se encuentra dividida en cinco capítulos. El primero de ellos, titulado Familias, da cuenta de las primeras identidades asumidas por las travestis en sus relaciones con los padres y hermanos/as y con los grupos de pares con quienes interactúan, sobre todo en el ámbito escolar. Estas identidades tempranas, que se manifiestan en cuestiones tales como los juegos infantiles preferidos, la atracción por personas del mismo sexo o el gusto por el vestido femenino, expresan las primeras adscripciones travestis a un mundo en el que  la preferencia sexual homosexual parece ser el único horizonte posible al que conducir las primeras autopercepciones como niños diferentes. No obstante, es en el mismo medio familiar en el que, aunque de manera oculta, las travestis ensayan la actuación de género femenino. La reacción familiar y también la escolar, en muchos casos violenta frente a estos niños diferentes, convoca  a éstos a elaboradas estrategias de ocultamiento de su emergente identidad y, simultáneamente, a su preservación y defensa. El capítulo despide, junto con las informantes, a la familia y a la escuela y lo hace mostrando los primeros pasos hacia la asunción pública de la identidad travesti. El alejamiento de la familia y la escuela parece ser la condición sine qua non para el simultáneo abandono definitivo de la ropa masculina, el comienzo de las intervenciones sobre el cuerpo, el arreglo personal  y la valoración de todo ello como perteneciente al mundo femenino. Si antes el horizonte identitario disponible era la homosexualidad, ahora comenzará a serlo el género femenino y, gradualmente, el travestismo mismo; para ello, las relaciones con otras travestis tendrá un peso importante.

El alejamiento de la familia conduce también al ejercicio prostibular. Aún cuando éste se realizara antes, la salida de la familia lo instala en la vida de las travestis como una actividad permanente en la que los motivos económicos son sólo una de las explicaciones posibles, ni siquiera la más importante. El escenario prostibular parece ser el único posible para la actuación de la identidad travesti en la sociedad. El segundo capítulo de la tercera parte, entonces, se ocupa de las representaciones de género de las travestis en lo que ellas llaman el “trabajo en la calle”. A través del análisis de las relaciones con las/os diversas/os actores de la escena prostibular, se intenta mostrar la configuración identitaria asumida por las travestis. Los clientes y las mujeres prostitutas constituyen las figuras más destacadas que intervienen en el proceso de construcción de una identidad cuyos atributos parecen no tener una posición estable, más bien están en una continua mudanza que sigue el compás de las percepciones y autopercepciones genéricas.

El capítulo tres está referido al cuerpo. A través de las diferentes intervenciones que hacen sobre él, se indaga una vez más las representaciones identitarias de las travestis. Las transformaciones sobre un cuerpo biológicamente masculino forman parte de la  construcción de una identidad que puja por diferenciarse del transexualismo, del transformismo y de la homosexualidad masculina, y es también un cuerpo que se dibuja sobre la base de una mirada exhaustiva del cuerpo femenino.

El capítulo cuatro se ocupa  del travestismo y el movimiento gay, lésbico, travesti, transexual y bisexual. Presento en él una breve historia de las organizaciones travestis y de las disputas internas que hicieron de la primera asociación las tres actualmente existentes. Asimismo, reparo especialmente en la interacción del travestismo organizado con el movimiento por las minorías sexuales, las luchas que encara el travestismo para ampliar su visiblidad en el interior de dicho movimiento, sus diferencias con gays y lesbianas.

Finalmente, el último capítulo de esta tercera parte, está dedicado a la presentación del travestismo en el espacio público según ella fue registrada por la prensa escrita en el período de tiempo comprendido entre 1997 y 1999, tiempo que, como señalé, abarca tanto el momento de derogación de los Edictos Policiales como de elaboración del Código de Convivencia Urbana que los reemplazó. En torno a ambos temas, se verá la presentación que las travestis organizadas hacen de sí mismas en su lucha por adquirir, ya no sólo visibilidad, sino también legitimidad social.

Para terminar, en  Reflexiones finales hago un recorrido de los principales hallazgos y regularidades encontradas en las voces de las travestis situadas en los distintos espacios de interacción recortados. Espero con ellas responder a las preguntas que dieron origen a esta investigación. Si las irrupciones y presentaciones individuales y colectivas de las travestis parecen comenzar a convulsionar el espacio social de las relaciones de género, ¿cuestiona esta presencia las apreciaciones, las categorías de percepción, los sistemas de clasificación que se utilizan en dicho espacio para concebir tales relaciones?, ¿legitiman un ámbito para otra visión del principio que las organiza?, ¿confrontan el lenguaje hegemónico que regula las identidades genéricas?. O, más específicamente, las luchas asumidas recientemente por las travestis ¿interrogan el esquema binario de construcción de los géneros? Espero también y con igual énfasis, dar cuenta de la historia  de un grupo social que se resiste a la peor de las muertes sociales: el silencio del exilio al que son reducidas las voces – las identidades – que  no son escuchadas.

PARTE I 

HISTORIANDO EL CONCEPTO DE TRAVESTISMO
Si bien la puerta de entrada al sexo tal como lo conocemos hoy se abre en el siglo XVIII, los estudios de Foucault nos muestran que será necesario esperar al siglo XIX y principios del siguiente para ver cómo la sexualidad se transforma en un dispositivo central en el ejercicio del poder en el que se anudan dos preocupaciones fundamentales: el control de la población como un todo y el control  sobre el cuerpo. En términos del filósofo francés, es en el transcurso de los dos últimos siglos cuando el  sexo se constituye  en un modo de acceso a la vida del cuerpo y a la vida de la especie que permite desarrollar políticas específicas sobre ellos. El cuerpo surge como un ámbito de importancia fundamental para las operaciones políticas. En un contexto de cambio en las condiciones sociales y económicas, la sexualidad se convirtió en un terreno para la disputa y el debate político; lo sexual comienza a ser descubierto como una clave de lo social[4][4]. No es extraño, por tanto, que en esta época se conozcan los primeros esfuerzos científicos por estudiar la sexualidad; esfuerzos que, en los países europeos, recibirán el nombre de Sexología, una especie de ciencia del deseo, en términos de Jeffrey Weeks (1993), que se ocupará de revelar la clave oculta de la naturaleza sexual humana. Se inician los debates sobre la existencia o no de la sexualidad infantil y adolescente, histeria y sexualidad femenina y también comienzan las primeras especulaciones sobre la homosexualidad, la intersexualidad, hermafroditismo y sobre el tema que hoy nos ocupa: el travestismo.  En este recorrido, el concepto de género tendrá también su lugar.

Como identidad psicosocial, el género aparece por primera vez en el campo de las ciencias médicas, a mediados del siglo XX, en un intento por explicar y echar luz sobre ese conjunto de prácticas anómalas reunidas bajo el nombre de “aberraciones sexuales”, dentro de las cuales estaba el travestismo. Donna Haraway (1995) examina el origen del concepto género e identifica los factores que rodearon el surgimiento del paradigma de la identidad de género. Ellos son, entre otros, el énfasis en la somática sexual y en la psicopatología por parte de los grandes sexólogos del siglo XIX y de sus seguidores, interesados en explicar las “inversiones sexuales”; el continuo desarrollo de la endocrinología bioquímica y fisiológica a partir de los años 20; la psicobiología de las diferencias de sexo surgidas de la psicología comparativa; las hipótesis múltiples sobre el dimorfismo sexual hormonal, cromosómico y neural convergentes en los años 50; y las primeras cirugías de cambio de sexo alrededor de 1960. La categoría de género surge en el ámbito de las ciencias médicas para explicar fenómenos "aberrantes" en la sexualidad de los individuos.

Como parte de una amplia reformulación de la vida cotidiana y de las ciencias sociales después de la Segunda Guerra, la idea de género facilitó la emergencia de los estudios feministas con poca atención a las categorías “pasivas” de sexo o naturaleza, sobre la base de las cuales había sido desarrollada. Enriquecido y reformulado por la teoría feminista, el género quedará alejado de los temas que le dieron origen: las así llamadas “aberraciones sexuales”. Las teóricas feministas tomaron la distinción entre sexo y género usándola para desarrollar explicaciones sobre la opresión de las mujeres, examinando las maneras en que el sexo biológico llegar a ser género social. Sugiere Elizabeth Grosz (1994) que, en la medida en que el sexo parecía representar un grupo fijo de características y limitaciones biológicas, se mantuvo fuera de la cruzada feminista. Las "desviaciones" que cuestionaban estos agrupamientos pierden interés para esta nueva perspectiva y se ocultan a su mirada. Bajo el presupuesto de que la biología o el sexo son categorías fijas, las feministas tendieron a hacer hincapié en las transformaciones a nivel del género; su proyecto fue, de alguna manera, minimizar las diferencias biológicas y proveerles diferentes significados y valores culturales.

En este marco, el travestismo y la transexualidad pasarán transitoriamente al olvido de los estudios feministas[5][5]. En esta primera parte, intentaré mostrar el derrotero seguido por el travestismo desde sus primeros registros hasta su separación conceptual del conjunto de las llamadas “desviaciones sexuales”. En un contrapunto entre Argentina y algunos países de Europa occidental, presentaré las diferencias y similitudes existentes a un lado y otro del océano. Si bien la información bibliográfica más completa proviene de países como Alemania e Inglaterra, existen en Argentina importantes esfuerzos por acceder a la manera en que el tema fue tratado en el país a finales del siglo XIX y principios del siguiente[6][6].  

I.I. Cronología del travestismo. Un primer esfuerzo.
Luego de un  largo período de criminalización y de encierro en prisiones y cárceles, los llamados “desvíos sexuales” serán objeto de estudio de las ciencias médicas y sexuales, en el interior de las cuales comenzarán a diferenciarse distintas formas de desviación, entre ellas, travestismo y homosexualidad, travestismo y transexualismo. Aún cuando la racionalidad científica de estos primeros esfuerzos giró en torno a la delimitación de lo normal y lo anormal o desviado, materia de escándalo público, punición y/o terapias médicas, los mismos sujetos diagnosticados como desviados sexuales comienzan a hacer escuchar su voz.

Dave King (1998) organiza los principales acontecimientos de la historia que devinieron en el concepto de travestismo. Si bien se trata de una cronología elaborada sobre la base de información recogida en los países de Europa Occidental, ella puede también servir de guía fuera de esa frontera geográfica. Según este autor, el período comprendido entre los años 1870 y 1920 se encuentra signado por la producción de gran cantidad de información sobre varones y mujeres que se trasvisten y/o desean adoptar el rol adscripto a aquellos del sexo opuesto. Se acuñan en esta época términos tales como “sentimientos sexuales contrarios” (Westphal, 1876), “metamorfosis sexualis paranoica” (Krafft Ebing,1890), “travestismo” (Hirschfeld, 1910), “inversión sexo-estética” y “eonismo” (Ellis, 1913). En esta misma etapa, se impulsan  investigaciones antropológicas sobre personas que se travisten en sociedades no occidentales (Kroeber, 1940; Devereaux, 1935; Lewis, 1941).

            La segunda etapa, a la que Dave King atribuye los treinta años siguientes a la anterior (1920-50), es caracterizada como oscura, con informes que sólo complementarán los de años anteriores. Los términos travestismo y eonismo son incorporados a la literatura y se publica material psicoanalítico. Hay un creciente desarrollo del conocimiento endocrino y de las tecnologías de cirugía plástica. Se dan en esta etapa los primeros intentos de cambio de sexo.

            En el período comprendido entre 1950 y 1965, se utiliza por primera vez el término transexual, acuñado por Cauldwell en 1950, y divulgado por Benjamin poco tiempo después. La transexualidad comienza a tener voz propia. Christine Jorgensen (primer varón operado) publica sus primeros artículos. En esta época comienzan los trabajos sobre intersexualidad en la Universidad John Hopkins,  con ellos se inaugura el concepto de rol de género (Money, Hampson y Hampson, 1955) y, poco más tarde, simplemente género (Stoller, 1964).

            Por último, los años siguientes, hasta 1979 según Dave King, se crean las clínicas de identidad sexual y cirugía de cambio de sexo. Aumenta el interés sobre la transexualidad y el travestismo es abandonado como tema de interés médico. No obstante, en los países centrales travestis y transexuales inician experiencias organizativas y aparecen con su voz en medios de comunicación prestigiosos.        

La criminalización de las desviaciones sexuales

Los primeros registros existentes acerca de las llamadas “desviaciones sexuales”, pertenecen al campo del derecho penal y de la criminología. Los desvíos sexuales de cualquier tipo eran considerados antisociales, antinaturales y se vinculaban al delito. Los delincuentes constituían una clase identificable, entre cuyos rasgos distintivos se destacaba la homosexualidad y, dentro de ella, el travestismo. Estas observaciones son pertinentes no sólo para Europa Occidental y EEUU, de donde proviene gran parte de la literatura orientada a reconstruir la historia de las minorías sexuales, sino también para algunos países de América Latina. En todos los  casos, la criminalización de las denominadas desviaciones sexuales tiene sus comienzos  en los últimos años del siglo XIX y principios del XX y, también en todos los casos, el interés por ellas estuvo en sus comienzos directamente relacionado al control poblacional.  Como nos recuerda Jorge Salessi (1995), sea por razones de nacionalidad, de clase social, de mercado laboral o de inmigración, se imponía un ordenamiento político y social del género y la sexualidad. La tipificación de las diversas modalidades que tenían las desviaciones sexuales fue la herramienta de regulación cultural de los estados y la que usaron los médicos criminólogos de la época. Las temidas plagas, cóleras y fiebres ya no constituían una gran amenaza, era necesario ahora estudiar con urgencia las inversiones sexuales urbanas: el presunto afeminamiento de la sociedad viril y la masculinización de mujeres que entraban en el mercado de trabajo, continúa Salessi, se transforman en objeto de política y en materia de control policial.

En términos de Rowbotham y Weeks (1978), la homosexualidad era contemplada en Inglaterra como una amenaza para las relaciones estables dentro de la familia burguesa, considerada cada vez más como sostén del statu quo social. En ese país, los actos contra natura incluían, con estatuto de crimen y, por tanto, objeto de punición y castigo, la homosexualidad. Tanto en la opinión pública como en los trabajadores del movimiento por la pureza social, la homosexualidad era escasamente diferenciada, legal o moralmente, de la masturbación, la cual, al inducir de manera precoz a la sensación física, abría las puertas del debilitamiento y conducía al vicio y la enfermedad. Vicio o pecado eran los calificativos usados en Inglaterra para nombrar a la homosexualidad a mediados del siglo XIX. Según nos señalan los autores arriba mencionados, la abolición de la pena de muerte por sodomía, realizada en 1861, no supuso una liberalización sino un fortalecimiento de las leyes contra la homosexualidad. Mediante una cláusula de la Criminal Law Amendement Act de 1885, todas las actividades sexuales entre hombres, equiparadas ahora a la sodomía, eran declaradas actos de “indecencia grave”, punibles con penas de hasta dos años de trabajos forzados.

Para el caso de la Argentina finesecular, en su Médicos, maleantes y maricas. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la Nación Argentina, Salessi nos refiere que las construcciones textuales, descripciones y ordenamientos taxonómicos de inversiones sexuales o genéricas como la homosexualidad, el travestismo, la pederastía pasiva o activa, tuvieron diversos propósitos. Por un lado, se trataba de controlar, a través de la estigmatización y criminalización, una visible cultura de homosexuales y travestis que aparecían en el Buenos Aires del período. Por otro lado, la construcción que se hizo por entonces de la homosexualidad definía a ésta como un mal que acechaba espacios de formación e instrucción del nuevo sujeto argentino tales como las escuelas y el ejército[7][7]. En igual dirección, señala Rob Buffington (1998) que las desviaciones sexuales en México ponían en peligro el desarrollo nacional, político, económico y social del país. La homosexualidad, dice, socavaba la existencia misma de la nación, fomentando uniones sexuales estériles en una era obsesionada por la reproducción nacional y la supervivencia internacional.

Si bien el punto de partida en el tratamiento de las llamadas desviaciones sexuales fue común a algunos países de Europa occidental y de América Latina, no lo fueron los actores que intervinieron en el estudio de las mismas. En Argentina, México y Nicaragua, por ejemplo, fueron los mismos médicos criminólogos quienes encabezaron las investigaciones de los desvíos sexuales y quienes, estando comprometidos directa o indirectamente en el desarrollo nacional, político, económico y social de sus países, no dudaron en asociarlos “científicamente” al delito.

El nombre elegido para las prácticas homosexuales en Argentina a fines del siglo XIX y comienzos del  XX  fue “invertido sexual”, categoría que incluía a un vasto conjunto de individuos que tenían sexo con “los de su mismo sexo”; algunos de los cuales llevaban ropas contrarias a su sexo. Sea que lo hicieran para el robo, la estafa, el provecho propio, el gusto o por razones patológicas, todos eran sujetos de punición. El criminólogo Eusebio Gómez lo ilustra  en su “La Mala Vida en Buenos Aires” (1908), adonde sostiene que, independientemente de las posibles explicaciones que se dieran, la inversión sexual debía incluirse en  el cuadro de la mala vida. Del conjunto de los personajes que componían ese cuadro, encontramos a las prostitutas, los delincuentes profesionales, los estafadores, los biabistas – que dan la biaba, golpean para robar – y a los invertidos sexuales. Mala vida era el conjunto de manifestaciones aberrantes de la conducta que daban cuenta de una inadaptación a las reglas éticas socialmente establecidas. Más aún, dentro del conjunto de los malvivientes, los invertidos sexuales fueron caracterizados por Gómez como sujetos de inmoralidad larvada, accidental o alternante y, por lo tanto, debían ser comprendidos en el estudio de la mala vida; ellos mostraban las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de interferencia entre el bien y el mal.

Mientras en Argentina fueron los mismos médicos quienes criminalizaron las desviaciones sexuales, en Inglaterra y Alemania, estos profesionales – en algunos casos homosexuales e incluso activistas políticos a favor de las minorías sexuales – trabajaron en un sentido contrario: lucharon desde temprano por la des-criminalización de los desvíos. Quizás en esto resida la razón por la que en Argentina debemos esperar a los últimos años del siglo XX para desatar la fuerte unión entre criminología, medicina e inversión sexual. En efecto, fue recién en la década de los años 90 cuando se incorporan al orden constitucional cláusulas que penan toda forma de discriminación por orientación sexual y se derogan figuras punitivas tales como “llevar prendas del sexo contrario”. 

I. II. De la prisión al consultorio
En la mayoría de los países de Europa Occidental, entonces, la descriminalización de las “desviaciones sexuales” vino de la mano de los primeros sexólogos, gran parte de ellos de origen alemán. Krafft Ebing es uno de los primeros sexólogos que a fines del siglo XIX aboga por ubicar el origen de las “desviaciones sexuales” en el cuerpo o en la mente de los afectados y llevarlas así de la prisión al consultorio médico. Para Krafft Ebing, el sexo no era meramente esa categoría biológica que se descubría en el momento de nacer, sino un complejo de factores que incluían la orientación sexual, las conductas sexuales y otros indicadores psicosexuales. Usó el término “sexo del individuo” para designar estrictamente el sexo biológico; “instinto sexual” fue equivalente a lo que hoy llamaríamos orientación sexual o preferencia sexual. Krafft Ebing creyó que había un instinto característico para cada sexo y, si se mostraba el instinto característico del otro sexo, entonces se estaba ante una “sexualidad contraria o antipática”.

            Los esfuerzos por desinscribir las “inversiones sexuales” del ámbito criminal, condujeron a los sexólogos europeos de fines del siglo XIX y principios del XX a la elaboración de una compleja taxonomía cuya historización permite advertir las características y atribuciones que separarán el travestismo de la homosexualidad y del transexualismo, todos fenómenos englobados inicialmente bajo el título “aberraciones sexuales”. Desde el  siglo XIX los sexólogos occidentales se preocuparon por establecer distinciones entre  homosexualidad, travestismo y transexualismo. La categoría “sentimiento sexual antipático”, con la que la psiquiatría y la práctica sexológica habían agrupado homosexualidad, travestismo y transexualismo, empieza a dar lugar a modelos de conducta, etiologías y tratamientos diferentes.

La concepción de las desviaciones sexuales como instintuales, sostenida por los sexólogos europeos, atribuía a ellas un carácter congénito, más integrado al reino de la naturaleza y biología que al de la cultura y el medio ambiente. Distinto fue el caso de los criminólogos argentinos. Según Salessi (1995), estos criminólogos se debatían en la contradicción inversión congénita/ inversión adquirida. Mientras los médicos preferían hablar de inversiones adquiridas, los mismos invertidos insistían en ser enrolados bajo la categoría inversión congénita. No obstante, los primeros no despreciaban ni eliminaban absolutamente del arco de posibilidades explicativas la existencia de inversiones congénitas. Salessi encuentra en ello razones políticas: el poder otorgado a los médicos dentro del aparato legal se derivó, entre otras cosas, de la teoría lombrosiana del nato, que permitía transformar a los médicos en jueces. Pero, simultáneamente, aceptar el carácter congénito de las inversiones, los privaba de todo accionar político y transformador en el que estaban inmersos.

Aún cuando algunos de los estudios elaborados por los criminólogos presentaban “su caso” como perteneciente a la categoría inversión congénita, la influencia del medio no era en ningún caso despreciable. Así lo ilustra la historia de Manón, estudiada por Francisco de Veyga a principios del siglo XX. Al  ser seducido por el preceptor, Manón actualiza una “latente” desviación sexual congénita . Más numerosos fueron los casos de inversión adquirida, muchos de los cuales se refieren a personas que se trasvisten. Las historias de Aurora, Rosita de la Plata y el burgués que abandona su vida, se trasviste y se entrega al delito y la perversión, integraron el estudio realizado por de Veyga (1903) titulado “La inversión sexual adquirida”. Las fiestas de homosexuales, el carnaval y las visitas frecuentes a los prostíbulos fueron los ámbitos a los que se atribuía la adquisición de prácticas sexuales desviadas.

La diferencia más destacada entre las elaboraciones que hacían las ciencias sexuales de Europa y también de EEUU y las que se produjeron en Argentina, fue la preeminencia que tuvo en esta última la posición adoptada en la relación sexual: receptiva “pasiva” o insertiva “activa”. El estigma y la criminalización recaía sobre quienes eran pasivos. La identidad sexual en la Argentina de principios de siglo fue polarizada en torno al rol  pasivo/activo adoptado y no sólo por la similitud en el sexo de la pareja sexual[8][8] 

Travestismo y homosexualidad

Magnus Hirschfeld, quien acuñó el término travesti a principios de este siglo, fue uno de los primeros en distinguir travestismo y homosexualidad. Autor de Sexual Anomalies (1905) y de Transvestites. The erotic drive to cross dress (1910)  fue uno de los precursores de la “química del sexo” – la endocrinología – y  su influencia en el campo de la sexología fue notable. Hirschfeld estaba convencido de la relevancia de la “ciencia glandular” en el campo de la sexología. Creía que tanto la homosexualidad como el travestismo podían ser explicados por variaciones en las hormonas sexuales. Estas variaciones determinaban el hermafroditismo, la androginia, la homosexualidad y el travestismo. Refutando la  clasificación que hiciera Krafft Ebing (1890) respecto al travestismo como una variante de la homosexualidad, Hirschfeld  lo presenta como un fenómeno independiente. Utiliza el término travesti para describir a aquellas personas que tienen urgencia por usar ropas del sexo opuesto (1910). Hirschfeld peleó contra la idea de que todos los travestis eran homosexuales, que por entonces era una concepción muy extendida dentro de la sexología. Separó, así, travestismo de homosexualidad, definiendo a esta última como una forma de actividad sexual contraria y al travestismo como una  variante intersexual que podía darse con diferentes prácticas sexuales. Ambas eran, no obstante, “variantes naturales” de la norma: la heterosexualidad.

Havelock Ellis (1913), autor de Studies in Psychology of Sex , también estudió el fenómeno travesti y  criticó la posición de Hirschfeld, quien, en opinión de Ellis, reducía el travestismo a un problema de vestido, lo cual – afirmaba – era  sólo uno de sus componentes. Ellis llamo “eonismo” al travestismo y el término descriptivo para el eonismo fue "inversión sexo-estética”[9][9]. Inversión sexo-estética  no tenía el mismo sentido que inversión sexual, aún cuando Ellis pensó que ambas tenían una base orgánica. Si la inversión sexual significaba impulso sexual, orgánico e innato, hacia el mismo sexo, para Ellis la inversión sexo-estética era la inversión que conducía a una persona a sentirse como persona del sexo opuesto, y a adoptar las tareas, hábitos y vestidos del otro sexo, mientras la dirección del impulso sexual se mantenía normal. A su juicio, tanto homosexuales como travestis eran tipos de anomalías sexuales intermedias.

En las ciencias sexuales argentinas la categoría homosexualidad no reemplazó a la de invertido sexual; por el contrario, esta persistió y, como dice Salessi, fue utilizada para especificar, más allá de la elección del objeto sexual, el rol adoptado en la relación sexual entre personas del mismo sexo. Del mismo modo, tampoco hubo nombres específicos para distinguir homosexualidad de travestismo. Aún así, en el conjunto de los registros dejados por los médicos criminólogos, es posible rastrear las diferencias entre un concepto y otro. Homosexualidad significaba elección de objeto sexual incorrecto, sin interesar el rol asumido en la relación sexual. Pederastía pasiva denotaba la inversión del rol insertivo definido como correcto para los varones. Quienes asumían dicho rol y, además, invertían también costumbres como el vestido, modales y hábitos, entonces, padecían del delirio de creerse una mujer en el cuerpo de un hombre. Estas personas, que los médicos diagnosticaron como con ilusión delirante,  eran seguramente las travestis.

Travestismo y transexualidad

El término transexual fue introducido en la literatura sexológica por Cauldwell en los años 40 con su artículo Psychopathia Transexualis, pero adquiere relevancia en los 50 cuando el transexualismo como síndrome médico fue clínicamente diferenciado del travestismo. Esta diferenciación se dio en el contexto de artículos escritos por dos endocrinólogos: los trabajos de Christian Hamburger (y colegas) después de la cirugía de Geroge/Christine Jorgensen en 1952, y los de Harry Benjamin, llamado “padre del transexualismo”.

Alrededor de 1954 Benjamin establece una diferencia entre travestismo y transexualismo que parece ser de mucha actualidad: en el travestismo los órganos sexuales son fuente de placer; en el transexualismo son una fuente de disgusto. Algunos años después, en 1966, se publica The transsexual phenomenon , adonde Benjamin consolida su postura sobre el transexualismo y establece tres tipos de transexual: "no quirúrgico", "verdadero de intensidad moderada" y "verdadero de intensidad alta". A diferencia del primero, más próximo al travestismo, los transexuales verdaderos, de las dos categorías, requieren la cirugía y de manera urgente. En un continuum, cuyos extremos son, según Benjamin, la “normalidad” y el transexualismo, el travesti ocupa un lugar intermedio e indeterminado entre ambos.

Un hecho significativo del trabajo de Benjamin fue la relación que plantea entre el sexo y el género, consideradas ambas como herramientas conceptuales en el diagnóstico clínico de los transexuales. El sexo, dirá, es más aplicable allí donde está implicada la sexualidad, la libido y la actividad sexual; el género es el lado no sexual del sexo. El género está localizado “arriba del cinturón” y el sexo “abajo del cinturón”. Sobre la base de esta distinción, Benjamin señala que el travesti tiene un problema social, el transexual tiene un problema de género y el homosexual tiene un problema sexual.

En algún sentido, Benjamin preparó el terreno para la elaboración de la teoría de identidad de género de los años 60 articulando las distinciones teóricas entre lo que estaba “arriba y abajo del cinturón”. Pero él abogó por el tratamiento quirúrgico del transexual – esto es, el tratamiento abajo del cinturón – para  lo que creía que era un problema de género: de “arriba del cinturón”. En otras palabras, mientras  afirmaba que el transexual tenía un problema de género, el tratamiento que proponía se dirigía precisamente a lo que no era el problema transexual: el sistema endocrino y la genitalidad anormal del transexual.

El otro aspecto significativo del trabajo de Benjamin fue establecer el término transexual como el significante apropiado para aquellos sujetos que requieren el cambio de sexo. Pese a la introducción posterior de otros términos, transexual es el nombre dado a aquellos sujetos que solicitan cambio de sexo.  

I.III. Del consultorio médico a la calle. Del sexo al género
Las distinciones hechas por Benjamin entre sexo y género fueron posibles gracias al trabajo de Money y de los Hampsons en 1950. Estos inauguraron la separación semántica entre sexo (biológico) y género (psicosocial), que Benjamin había identificado arriba y abajo del cinturón. Al mismo tiempo que Benjamin estaba trabajando con el tema del transexualismo, Robert Stoller estaba desarrollando criterios etiológicos para el diagnóstico del transexualismo, tanto como su teoría de la identidad de género. El trabajo de Stoller condujo a la conceptualización del transexualismo como un desorden de la identidad de género: se trata de individuos que han desarrollado una identidad de género equivocada según su sexo propio. Un camino similar siguieron la homosexualidad y el travestismo, categorías que junto al transexualismo aparecieron en la primera edición del Diasgnostic and Statistical Manual for Mental Disorder en 1952 como “desviaciones sexuales”, y fueron redefinidos años después como desórdenes de la identidad de género

Retomando la cronología de King (1998), este corrimiento del sexo al género fue también un desplazamiento del consultorio  a la calle. La lucha organizada de los homosexuales devino en la despatologización de sus prácticas sexuales, en la desregulación médica. El travestismo deja de ser tema de interés médico y, en los países centrales, inicia su experiencia organizativa. En la voz de una activista que abogó en EEUU por los derechos travestis en los años 70, Virginia Prince, la distinción teórica entre sexo y género significó la opción por la identidad travesti, la posibilidad de imitar las cualidades genéricas. Contrariamente a homosexuales y travestis, el transexualismo fue incluido de manera definitiva en la agenda médica: no es suficiente actuar el género, el cuerpo debe exhibirse como un sexo también[10][10].

A diferencia de sus contemporáneas alemanas e inglesas, quienes no sólo estaban organizadas para la acción política sino que también contaban con publicaciones propias, las travestis de Argentina de principios de siglo, sin organización y sin órganos de información a través de los cuales hacer escuchar su voz, dejaron documentada su práctica en los informes de los mismos médicos y criminólogos que trataron de hacer desaparecer su cultura. Un ejemplo ilustrativo de ello es la Autobiografía escrita por Luis D., autodenominada “la bella Otero”, publicada por Francisco de Veyga en el año 1903 bajo el título “La inversión sexual adquirida – Tipo profesional: un invertido comerciante”[11][11]. La Autobiografía  da cuenta de la cultura travesti de principios del siglo XX, de sus prácticas sexuales, de los espacios y lugares que frecuentaban y, además, expresa a través de la parodia la relación entre una cultura travesti que empezaba a ser vista y escuchada y aquella otra, hegemónica, que patologizaba a la primera y la llevaba al encierro para su regeneración.

Tal como nos muestra Salessi, a  lo largo de su Autobiografía la bella Otero cambia su vestido de madre católica, que lleva al comienzo de relato, para ponerse luego el correspondiente a un invertido sexual y concluir con el de una diva de café concert. De alguna manera, la autopresentación de la bella Otero como una travesti que prefería el rol pasivo, el más perseguido por los médicos criminólogos y, por tanto, más estigmatizado en la sociedad, parecía desafiar el discurso médico. Abrazando completamente el estigma, la bella Otero lo hace risible. Ella resignifica las valoraciones que a sus prácticas atribuían los médicos criminólogos de la época.

No obstante las notables diferencias existentes en el tratamiento que de los desvíos sexuales se hizo en algunos países de Europa Occidental y de América Latina, las clasificaciones de la criminología, medicina, sexología y psiquiatría que ataban homosexualidad, travestismo y transexualidad al terreno de las patologías y/o del delito, proporcionaban también el germen para la reivindicación de una identidad propia, alejada de las definiciones médicas o en franca resistencia a ellas.  

Si bien voces como la de la bella Otero no se plantearon explícitamente propósitos como  descriminalización de la práctica travesti en Argentina, ellas dan cuenta de una cultura que no recibe pasivamente el discurso dominante sino que establece un diálogo con éste en una mueca de resistencia que, valiéndose del remedo, deja constancia de sí misma y de su empeño  por encontrar un lugar en la sociedad.  Distanciándose gradualmente del consultorio médico, el travestismo en Argentina se presentará en el debate público en los años 90 dando lugar no sólo a movimientos sociales y agrupamientos cuyas voces se instalan en el espacio social, sino también a un debate que ya se mueve con referencias teóricas plurales.

Autobiografía

 

He nacido en Madrid, en el año 1880. Siempre me he creído mujer, y por eso uso vestido de mujer. Me casé en Sevilla y  tuve dos hijos. El varón tiene 16 años y sigue la carrera militar en París. La niña tiene 15 y se educa en el “Sacré-Coeur” de Buenos Aires. Son muy bonitos, parecidos a su papá.

Mi esposo ha muerto y soy viuda. A veces quiero morir, cuando me acuerdo de él. Buscaría los fósforos o el carbón para matarme, pero esos suicidios me parecen propios de gente baja. Como me gustan las flores, me parece que sería delicioso morir asfixiada por perfumes.

En otras ocasiones me gustaría tomar el hábito de monja carmelita, porque soy devota de Santa Teresa de Jesús, lo mismo que todas las mujeres aristocráticas. Pero como no soy capaz de renunciar a los placeres del mundo, me quedo en mi casa a trabajar, haciendo costuras y bordados para dar a los pobres.

Soy una mujer que me gusta mucho el placer y por eso lo acepto bajo todas sus fases. Algunos dicen que por todo esto soy muy viciosa, pero yo les he escrito el siguiente verso, y se lo digo siempre a todos:

 

Del Buen Retiro a la Alameda

los gustos locos me vengo a hacer.

Muchachos míos ténganlo tieso

que con la mano gusto os daré.

 

Con paraguitas y cascabeles

y hasta con guante yo os las haré,

y si tú quieres, chinito mío,

por darte gusto la embocaré.

 

Si con la boca yo te incomodo

y por la espalda me quieres dar,

                        no tengas miedo, chinito mío,

                        no tengo pliegues ya por detrás.

 

                        Si con la boca yo te incomodo

                        y por atrás me quieres amar,

                        no tengas miedo, chinito mío,

                        que pronto mucho vas a gozar.

 

He estado en París, donde bailé en los cafés-conciertos dándole envidia a otra mujer que usa mi mismo nombre para pasar por mí.

Muchos hombres jóvenes suelen ser descorteses conmigo. Pero ha de ser de ganas de estar conmigo, y ¿por qué no lo consiguen? Porque no puedo atender a todos mis adoradores.

No quiero tener más hijos, pues me han hecho sufrir mucho los dolores de parto, aunque me asistieron mis amigas “Magda” y “Lucía”, que no entienden de parto, porque nunca han estado embarazadas, porque están enfermas de los ovarios.

Me subyuga pasear por Palermo, porque el pasto es más estimulante para el amor que la mullida cama.

Esta es mi historia, y tengo el honor de regalarle al doctor Veyga algunos retratos con mi dedicatoria.

 

La bella Otero  

 

 

PARTE II

LAS TRES HIPÓTESIS SOBRE EL TRAVESTISMO
La aparición del  travestismo en el espacio público y las discusiones que el reclamo por sus derechos generó, presentan a éste como uno de los fenómenos que más convulsión introduce en el espacio social de los géneros. La dificultad de responder a la pregunta acerca de cuáles son sus representaciones de género parece estar en el origen tanto de los debates callejeros como de aquellos otros provenientes de ámbitos especializados en el estudio de esa práctica cultural. Y si en la calle las disputas son abiertas, entre los/as investigadores/as de estos temas aún hay pocos acuerdos. Desde la primera parte del siglo XX, cuando, como ya dije, el sexólogo alemán Magnus Hirschfeld acuña el término travesti, hasta la actualidad,  y aún cuando el travestismo ha sido estudiado ampliamente por diversas disciplinas, las definiciones que sobre él se hacen presentan las mismas ambigüedades que pareciera tener el fenómeno en sí.

Una de las ciencias que se preocupado por mostrar el carácter culturalmente variable del comportamiento sexual  es la Antropología. Como bien señala Barreda (1993), los estudios antropológicos que abordan la temática de sexualidad intentan descifrar cuál es el criterio básico de diferenciación entre los sexos; cuáles son las especificidades de las representaciones que orientan los comportamientos sexuales y cómo esas representaciones son vividas por los/as actores sociales en situaciones y contextos socio-culturales concretos. En el camino para encontrar respuestas a estas preguntas, los/as estudiosos/as se interesaron en el travestismo, ampliamente documentado tanto en las etnografías clásicas como en otras más recientes.  A partir de la revisión que, desde una perspectiva de género, realizan las antropológas M. Kay Martin y Bárbara Voorhies (1978) de tales etnografías, el travestismo es presentado por ellas como una tercera posibilidad en la organización y representación de género, un tercer status sexual, lo que se ha dado en llamar el tercer género. En igual dirección ubicamos a autores como Roscoe (1996), Habychain (1995), Bolin (1996), entre otros/as pocos/as más. Esta categoría, al igual que la equivalente biológica de intersexo, agrupa al conjunto de individuos de género confuso[12][12]. En algunas ocasiones se toma como criterio clasificatorio el desplazamiento entre género y sexo; en otras se repara en la orientación sexual (homosexual, heterosexual, bisexual).

Otros/as investigadores/es proponen ver el travestismo como expresión de uno de los dos géneros disponibles en nuestra sociedad: masculino o femenino,  aún cuando éste alterne entre uno u otro género según determinadas situaciones de interacción social (Barreda, 1993) o se mueva en un continuum varón a mujer (Ekins, 1998).

Finalmente, hay quienes estiman que la característica más destacada del travestismo es impugnar el paradigma de género binario poniendo al descubierto el carácter ficcional que vincula el sexo al género. Así por ejemplo, Marjorie Garber (1992) utiliza la categoría tercer género pero en un sentido muy lejano al dado en las etnografías que  referí arriba. Ella entiende que una de las fuentes de confusión entre travestismo, orientación, comportamiento sexual, etc., deriva de la diferencia entre la construcción del género y la atracción sexual. La confusión de género versus sexo o sexualidad, dirá Garber, es de hecho “una de las equivocaciones claves que ha producido el tema en debate (…) la distinción no es siempre tan fácil de hacer; la línea límite entre género y sexualidad, tan importante para la más reciente teoría feminista y teoría de género, es uno de los muchos límites probados e interrogados por el travestismo. El efecto cultural del travestismo es desestabilizar todas las categorías binarias: no solamente masculino/femenino, sino también gay/no gay, sexo y género. Este es el sentido – el sentido radical – en el cual el travestismo es un ´tercero´” (1992:11). Garber aclara insistentemente que tercer género no quiere decir género borroso, no es otro sexo sino un modo de articulación, una manera de describir un espacio de posiblidad, un desafío a la noción de binariedad, poniendo en cuestión las categorías de masculino y femenino, ya sean éstas consideradas esenciales o construidas, biológicas o culturales. En una perspectiva similar ubicamos a Judith Butler (1991), filósofa feminista que desde hace unos años viene estudiando los límites de la categoría de género y su relación con las llamadas minorías sexuales. Según esta autora, no se trata ya de hacer hincapié en estas minorías y ubicarlas en el lugar del tercer género sino de deconstruir el género mismo.

            Cada una de estas polémicas – que presento detalladamente en esta segunda parte – ponen de manifiesto el actual cuestionamiento que el travestismo parece hacer a las relaciones establecidas entre diferencia sexual, representación de género y orientación sexual.  

II.I. El travestismo como expresión de un tercer género.
Una gama muy amplia de estudios antropológicos ha investigado el travestismo a partir de la hipótesis de que éste debía ser interpretado como expresión de un tercer género. Por esta razón he creído pertinente revisar aquellas etnografías que, referidas a culturas no occidentales o a la nuestra propia, adhieren a este paradigma interpretativo. En este sentido, ha sido de mucho interés a esta investigación el libro de Gilbert Herdt (1996), titulado Third Sex, Third Gender. Beyond Sexual Dimorphism en Culture and History, en el que el autor compila un conjunto de artículos que discuten la viabilidad de la categoría tercer sexo o tercer género. La importancia que tiene esta obra reside no solamente en la aproximación conceptual que allí se establece respecto a dicha categoría, también el texto presenta discusiones sobre las etnografías ocupadas en estudiar fenómenos que han sido tomados como explicación transcultural del travestismo.

En la introducción al libro citado, Herdt advierte sobre la necesidad de no confundir tercer sexo con orientación sexual hacia el mismo sexo[13][13]. Esta confusión, a juicio del autor, no es sino herencia dejada por los sexólogos y reformadores del siglo XIX y principios del XX: confusión retomada luego por  estudiosos de otros campos que llevó a ver al travestismo como expresión institucionalizada de la homosexualidad y a igualarlo luego al tercer género. En otras palabras, si el travestismo era tercer género, la razón de ello residía en la orientación sexual, vista como homosexual. En opinión de Herdt no hay por qué buscar una relación absoluta entre orientación sexual y tercer sexo o tercer género.

Pero entonces, ¿qué es el tercer género? A juicio de Herdt la necesidad de hablar de tercer género surge a partir de una reinterpretación del sexo y del género, diferente de aquella proveniente del campo de la sexología, tan ajustada al paradigma del dimorfismo sexual. Herdt señala que las categorías varón y mujer – basadas en criterios anatómicos – no son ni universales ni conceptos válidos para un sistema de clasificación de género. La categoría de tercer sexo y tercer género vienen a impugnar el dimorfismo sexual. Es un intento orientado a comprender cómo en determinados lugares y momentos históricos, la gente construye categorías no solamente sobre la base de un cuerpo natural sino también sobre la base de lo que Garfinkel  (1967) llama “genitales culturales”. Se trata de individuos que trascienden las categorías de varón/mujer, masculino/femenino. Estos individuos son agrupados en categorías ontológicas, identidades, tareas, roles, prácticas e instituciones divergentes que han resultado en más que dos tipos de personas; esto es, lo que los occidentales clasificarían como dos sexos (varón y mujer) y dos géneros (masculino y femenino).

Uno de los ejemplos más citados en la bibliografía orientada a defender la hipótesis de un tercer sexo o tercer género son los berdache de Norte América. Berdache fue originalmente un término árabe y persa que nombraba a la pareja más joven en una relación homosexual. Usado originalmente en Norte América desde el siglo XVII, el término no fue adoptado hasta el siglo XIX y solamente en el ámbito de los antropólogos/as norteamericanos/as. Documentado por Kroeber en los años 40 como individuos que se creía adoptaban papeles pasivos en la actividad homosexual, que se vestían como mujeres y actuaban como tales, el rol berdache será reevaluado en la década del 70. Como resultado de una diversidad de contribuciones que se dan en esa década y en parte de la siguiente, entre ellas las provenientes del feminismo, se llega a un relativo consenso respecto a que los rasgos más destacados del berdache son tanto de carácter religioso y económico como una variación de género. En relación con este último rasgo, el uso de ropas del sexo contrario fue el marcador más común y visible, aún cuando muchos observadores señalaron que al tiempo que muchos berdaches llevaban ropas del sexo opuesto, otros usaban prendas que no pertenecían ni a uno ni a otro sexo y algunos llevaban ropas del sexo opuesto sólo en determinadas ocasiones. Igual variación se observó con relación a la orientación sexual. Algunos tenían su pareja no berdache del mismo sexo, otros parecían ser heterosexuales y otros bisexuales.

Con estos atributos, una de las conceptualizaciones más extendidas del fenómeno de los berdache es la que los considera como un tercer género, como expresión de un paradigma de múltiples géneros, según fuera propuesto por M. Kay Martin y Barbara Vorhies (1978)[14][14]. Estas antropólogas señalan que las diferencias sexuales físicas no necesitan ser percibidas como bipolares. En opinión de Roscoe (1996), quien retoma la sugerencia de analizar a los berdache en el marco de un modelo de múltiples géneros, existen evidencias que sostienen que el status berdache constituyó una categoría de género reconocida culturalmente como tal que no puede ser explicada por un modelo dualista. Por un lado, dirá Roscoe, ¿cómo puede este modelo dar cuenta de aquellos atributos y conductas berdache que no implican travestirse ni tampoco imitar la conducta del sexo opuesto? y ¿cómo puede explicar a aquellos individuos que combinaban propósitos masculinos, femeninos pero también otros específicamente berdaches?. Por otro lado, el uso de distintos términos para referirse al berdache parece dar cuenta de una categoría separada. Los términos nativos usados para hablar del berdache: “mujer/varón”, “mujer vieja/varón viejo”; no guardan relación con las palabras “varón”, “mujer”.

Roscoe realiza una crítica al paradigma de los géneros binarios de la cultura occidental, entendiendo que ella no tiene sino fundamentos morales y naturalizantes. El estudio de las culturas no occidentales revela no sólo la variabilidad en los rasgos socioculturales de los roles sexuales, sino también la amplia variación en las creencias concernientes al cuerpo y a lo que constituye el sexo. Ahora bien, ¿qué significa que el género puede ser múltiple y potencialmente autónomo del sexo?.

Para Roscoe las categorías de género se basan a menudo en percepciones de las diferencias anatómicas y fisiológicas entre los cuerpos, pero estas percepciones están siempre mediatizadas por categorías y significaciones culturales. En otras palabras la categoría de género comunica expectativas sociales sobre las conductas, el parentesco, la sexualidad, las relaciones interpersonales e, incluso, sobre los roles religiosos y laborales. En este sentido, la categoría de género es un “fenómeno social total”, en términos de Mauss: una gran diversidad de instituciones y creencias que encuentran su expresión en ella.

Si esto es así, continua Roscoe, no es necesario creer que existan tres o más sexos físicos para que tengan lugar múltiples géneros. En un paradigma de género múltiple, los marcadores del sexo son vistos como no menos arbitrarios que las elaboraciones socioculturales del sexo en la forma de identidades de género y roles de género. No todas las culturas reconocen los mismos marcadores anatómicos y no todas perciben las marcas anatómicas como naturales y contrapuestas a un dominio distinto de lo cultural[15][15]. En muchos casos, conocer los genitales que un individuo tiene es menos importante que conocer cómo los cuerpos son culturalmente construidos y qué rasgos y procesos particulares se consideran comprometidos con el sexo.

Roscoe ve en la propuesta de un paradigma múltiple de género la posibilidad de deconstruir el carácter jerarquizado que guarda el sexo con el género en un paradigma binario, en donde la anatomía tiene primacía sobre el género y en donde el género no es una categoría ontológicamente distinta sino que es meramente una reiteración del sexo. Por otro lado, analizar el rol berdache simplemente como un cambio de un género por el otro, es seguir aprisionados en un sistema heterosexista.

La diversidad de géneros no es un rasgo aislado de los nativos de Norte América sino un fenómeno de alcance mundial, representado en la mayoría de las culturas y en diversos períodos históricos de las sociedades occidentales.

Hilda Habychain (1995) hace propia la expectativa de Roscoe al revisar los peligros a que conduce un paradigma de género binario. Aunque no realiza un estudio profundo sobre el travestismo, es en ocasión de los debates públicos ocurridos en Argentina sobre el movimiento gay, lésbico, travesti, transexual y bisexual que la socióloga nos advierte: la insistencia en que hay sólo dos géneros derivados de dos sexos da como resultado un sobredimensionamiento de la importancia de lo biológico hasta hacer de este dominio un elemento determinante de la sexualidad y del género. Se niega, además,  la afirmación de que el género es una construcción socio-cultural y también la existencia de posibles combinaciones o mezclas entre los componentes del género. Por otro lado, Habichayn encuentra en esa binariedad los motivos del rechazo y la intolerancia a que están sujetos travestis y transexuales en la sociedad argentina.

Ann Bolin es otra de las estudiosas que adhiere explícitamente al paradigma de géneros supernumerarios en dos de los trabajos revisados en esta ocasión. En su Traversing Gender. Cultural context and gender practices (1996), organiza lo que llama expresión de variaciones de género, provenientes tanto de sociedades no occidentales como de la propia, en cinco categorías: géneros hermafroditas, tradiciones de los dos espíritus, roles transgenerizados, matrimonios mujer/ matrimonios varón y rituales transgénero. A través de esta tipología, Bolin defiende la necesidad de reparar en el carácter múltiple del género[16][16]. En otro trabajo,  Trascending and Transgendering: Male to Female Transexuals, Dichotomy and Diversity (1996) señala que travestis, transexuales y, en general, la comunidad transgénero, convocan a la desestabilización del sistema de género, de los límites de la bipolaridad y de las oposiciones del esquema de género. Ellos expresan o sugieren un continuum de masculinidad y feminidad, una renuncia al género como aquello alineado con los genitales, el cuerpo, el rol social. El transgenerismo reitera la independencia de los rasgos de género corporizados en un modelo biocéntrico del sexo occidental.

Bolin realiza su trabajo de campo en la Sociedad Berdache, organización de base que agrupa a  travestis y transexuales. Como resultado de sus investigaciones, ella da cuenta de las representaciones y autorepresentaciones de unos y otros como fenómenos no siempre coincidentes entre sí. Las transexuales se autodefinen como mujeres atrapadas en cuerpos masculinos, como personas a quienes la naturaleza les ha hecho una broma que las intervenciones quirúrgicas deberán reparar. Ellas ven a las travestis como varones en ropas femeninas. La diferencia más grande entre unas y otras es, desde su punto de vista, el deseo transexual de llegar a ser completamente natural; esto es, llega a ser una mujer creada biológicamente cuya fisiología acuerde con su aparato cognitivo. Para las travestis varón a mujer, las diferencias con las transexuales son de grado, no de clase. Ellas ven las variantes de género como más fluidas y plurales; no son identidades estáticas sino cambiantes y no unitarias, dependiendo ello de contextos familiares y sociales en general. En ocasiones, las motivaciones testimoniadas por las travestis son de orden erótico, en otras lo  son la excitación y la aventura, en algunas el travestismo es presentado como una forma de atenuar el stress que implica actuar siempre el rol masculino.

Al tiempo que, para Bolin, la construcción social de las variaciones en las identidades de género (travestis y transexuales) reproducen el paradigma de género euroamericano, esa misma construcción es también resistencia y rebelión contra el paradigma de género dominante. Desde el comienzo, la identidad transexual, por ejemplo, sostuvo el modelo occidental referido a la existencia de dos sexos opuestos y de conductas, temperamentos, emociones y orientaciones sexuales constituidas sobre la base de una polaridad biológica. Esta oposición está representada por los genitales, símbolos de las diferencias reproductivas y base para la asignación del sexo biológico. El paradigma occidental no tiene un lugar para aquellas mujeres sociales que tienen genitales masculinos. La cirugía transexual subraya los principios euroamericanos de género: solamente hay dos sexos, están determinados por los genitales y son inviolables[17][17].

Ahora bien, Bolin sostiene que si bien las transexuales encarnan la polarización de género con base en los genitales y el cuerpo, ellas también desafían la separación de la identidad de género y orientación sexual como discretas, subvirtiendo la vinculación de la femineidad y el erotismo heterosexual. Para la transexual varón a mujer, el erotismo heterosexual está definido por una atracción erótica a varones físicos, mientras una orientación erótica lesbiana es definida por la atracción a mujeres físicas. Si bien los testimonios sobre los que Bolin trabaja consideran frecuentemente la heterosexualidad como un atributo intrínseco y un rasgo definitorio del transexualismo, los datos que ella reúne en su investigación  dan cuenta de una mayor diversidad en la preferencia sexual de las transexuales, lo que contradice el paradigma que iguala identidad de género y preferencia sexual.

En el lugar de la dicotomía travesti/transexual, el transgenerismo es, para Bolin, el término que mejor expresa continuidad, pluralidad en la variaciones de género identitarias. Este término agrupa a individuos diversos: travestis varones que llevan ropas “contrarias a su sexo”, transexuales varón a mujer no operados y que, aún viviendo como mujeres todo el tiempo, eligen no operarse o no tomar hormonas ni andrógenos, personas que combinan géneros sin pretender pasar de uno a otro, transexuales operados, etc.

La emergencia de la transgeneridad enfatiza, de alguna manera, la valoración del género como producido socialmente y no dependiente de la biología, con lo cual también la vinculación entre género y orientación sexual ha sido alterada. La posibilidad de que existan mujeres sociales con pene erosiona la coherencia de la heterosexualidad y el género biológico. A través de diversos testimonios, Bolin impugna las reglas de construcción de la heterosexualidad como natural. En el paradigma occidental de género, la heterosexualidad opera como el principio organizador central de la sexualidad y la orientación sexual existe sólo en relación con el género y la fisiología. La heterosexualidad es el componente más destacado de la expresión del género normal. Cuando la sexualidad ya no puede significar heterosexualidad porque la biología ya no significa género, la disyunción del sexo como reproducción queda fuera de juego y el paradigma de género es desestabilizado.

El transgénero abriga un gran potencial sea para desactivar al género o para crear en el futuro la posibilidad de géneros supernumerarios como categorías sociales que no están basadas ya en la biología. La transexual varón a mujer orientada hacia la cirugía ha confirmado la independencia de la orientación sexual y la identidad de género a través de orientaciones lesbianas y bisexuales. El transgénero lo ha hecho disputando el concepto de consistencia entre orientación sexual y género. Si el paradigma de que hay dos géneros fundados sobre dos sexos biológicos predominó en la cultura occidental solamente en el siglo XVIII, entonces quizás la próxima tarea sea deconstruir la historia social de un paradigma de tres géneros que empieza a verse en los 90.

En estas investigaciones, el paradigma de los géneros múltiples, antes reservado al análisis de las culturas no occidentales, gana presencia en nuestras sociedades como marco para los debates sobre sexualidad, orientación sexual e identidad de género. Los autores propuestos para ilustrar esta primera perspectiva, aún cuando, como en el caso de Roscoe, se centren en el análisis etnográfico de otros pueblos, impulsan dicho paradigma como de interés para estudiar prácticas travestis actuales. La existencia de individuos que comparten determinadas propiedades – combinadas de forma no esperada – que los excluyen de las categorías varón o mujer, es un motivo central de dicho paradigma.

El sistema binario de género es impugnado por un desplazamiento entre sexo y género o entre género y orientación sexual, y la solución a ello propuesta es la de géneros supernumerarios o géneros múltiples. El tercer género aparece aquí como el lugar para la construcción de múltiples identidades que recomponen dimensiones cuya vinculación se desnaturaliza y que, por lo mismo, pueden escapar a las normas socialmente impuestas. En este marco, el travestismo no es sino un conjunto – en sí mismo heterogéneo – de las posibles identidades de género que se distribuyen en un continuum.

El trabajo de Bolin, sin embargo, partiendo de este marco, plantea una pregunta que parece trascenderlo. ¿Se trata sólo de repensar el género como categoría binaria abriendo un amplio espacio para la construcción – siempre  conflictiva – de nuevas identidades genéricas? ¿O es la misma categoría de género la que debe ser cuestionada a partir de estas nuevas posibilidades identitarias?
 

II.II. Reforzamiento de las identidades genéricas


Del conjunto de la literatura revisada sobre el travestismo en la cultura occidental, la antropóloga Victoria Barreda (1993) es una de las que más claramente problematiza la categoría de tercer género como otra posibilidad en la organización y representación del género, como un tercer status sexual. La pregunta que se hace Barreda es si efectivamente podemos pensar en un género con absoluta prescindencia de la diferencia sexual. Teniendo esto presente y tomando como unidad de análisis un grupo de travestis en prostitución en la Ciudad de Buenos Aires, investiga los sentidos en que dicho grupo construye su género. En otras palabras, cuáles son las representaciones e interpretaciones que el travestismo hace de lo femenino.

La construcción del género femenino que la travesti realiza, en opinión de Barreda, consiste en un complejo proceso en el plano simbólico y físico, de adquisición de rasgos interpretados como femeninos. Como en un ritual de pasaje, primero se adoptan signos exteriores como el vestido y el maquillaje, luego se transforma el cuerpo a través de la inyección de siliconas o de intervenciones quirúrgicas que modelan senos, glúteos, caderas, piernas y rostro. Se construye una nueva imagen acompañada de un nombre de mujer. Fiel a los estereotipos femeninos construidos en nuestra sociedad, la representación femenina del travestismo prostibular estudiado por Barreda tendrá como contenidos la figura de la madre – como mujer procreadora – y la de la puta – como mujer fatal, seductora y provocativa. Ahora bien, esta femineidad, este imaginario que refuerza el género femenino es suplantado sin más al momento de ejercer la prostitución, adonde el género masculino es recuperado. Recuperación que Barreda interpreta por el rol activo que desempeña la travesti en la relación sexual con el cliente.

En un trabajo posterior (1995), la misma antropóloga introduce una dimensión más  a su análisis: el cuerpo. Las conclusiones a las que arriba no difieren de las anteriores. Al tiempo que las travestis que estudia Barreda se definen como mujer en tanto actuación, reinvención, puesta en escena, hay un reconocimiento de que “ser cuerpo” y “tener un cuerpo” no son la misma cosa. El cuerpo se reduce a una suma de signos, sin historia, sin cualidades, simple volumen. No obstante, ese cuerpo travesti se denuncia e insiste en querer mostrar que sigue siendo un varón. El componente anatómico no es olvidado y la masculinidad reaparece como experiencia vivida en su intimidad y en sus prácticas sexuales que reconduce nuevamente al travesti a definirse como varón. En el caso travesti, señala la antropóloga, el cuerpo se convierte en el lugar donde se debate la separación y la inclusión de aquello considerado del orden de lo anatómico-fisiológico (lo natural) y aquello considerado del orden de la cultura. El travestismo interpreta, modela y experimenta su cuerpo como un texto que puede ser leído desde el género (femenino) o desde su sexo (varón).

En una dirección similar, aunque sin el propósito de discutir la categoría tercer género, ubico el  trabajo de Hélio Silva (1993). En una investigación exploratoria de carácter etnográfico realizada en el barrio carioca llamado Lapa, el antropólogo brasileño realiza un contrapunto entre la cultura o el imaginario social donde se inserta la travesti y las repercusiones de ese imaginario en la misma subjetividad travesti. Llevándonos de la mano por las diversas situaciones de vida que el investigador comparte con travestis, Silva se inclina en ver en este grupo denodados esfuerzos por “parecer mujeres”. Distinguiéndose de transformistas y transexuales, travestis son aquellas que toman hormonas o llevan siliconas.

Es en la propia vida cotidiana que la travesti se impregna de todo un sintagma femenino, ocultando los signos del sexo opuesto. La travesti se levanta por encima de su condición biológica y asume tareas y roles para cuya plena consecución, dirá Silva, debe conducir sus características biológicas al punto cero. Sin tregua, todo debe ser femeninamente acabado. Una especie de combate con la masculinidad atraviesa la vida travesti. En la producción de sí misma, nunca se es “feliz propietaria” de un cuerpo, el cuerpo es encarado como una vestimenta y, como tal, es posible de corregirse. Aflora así una naturaleza femenina, diferente de aquella que se desenvuelve naturalmente siguiendo los ritmos, las fases y ciclos naturales. La naturaleza femenina de la travesti gana cuerpo, se consolida, combate a todo aquello que sea rastro de un varón subyacente.

Según lo registra Silva, la opción travesti será más eficaz cuanto más tempranamente sea reconocida por los sujetos. La iniciación en la adolescencia es elogiada tal vez como una manera sofisticada de reintroducirse en el dominio de la naturaleza. En un permanente diálogo con la sociedad, la constitución de la identidad travesti implica, entonces, un aprendizaje del vestido, de los gestos, posturas, de las maneras de caminar, que son puestos a prueba y chequeados en función de las señales que la sociedad emite y que los propios actores sociales incorporarán en sus personajes.

En su Travestism and the politics of gender, Whoodhause (1989) analiza el travestismo en términos que, a los fines de nuestro interés, sitúo en las perspectivas llamadas travestismo como reforzamiento de las identidades de género, en este caso, la identidad femenina. En opinión de Whoodhause el travestismo ilustra la construcción del género. Partiendo del supuesto que la masculinidad sea en nuestra sociedad algo que debe ser alcanzado por todos los varones, aquellos que no lo logran, como las travestis, son situados en el espacio depreciado de lo afeminado. Esta es la razón por la que la autora piensa que las travestis son consideradas en todas las ocasiones como homosexuales; después de todo, dirá, un varón afeminado no puede ser heterosexual.

El travestismo incluye cambios de roles e identidad, no solamente de lo masculino y lo femenino, también de la realidad y la fantasía. El travestismo es una fantasía, un medio de proyección en un modo de ser diferente, construye una imagen o imágenes de sí mismo al estilo de las mujeres. La travesti adopta otro nombre, otra forma de hablar, puede comportarse muy diferentemente a su yo masculino. Ellas dicen conocer lo que es una mujer real, provocando a veces la irritación de las transexuales. No obstante, dirá Whoodhause, esto es falso por dos razones. Primero, las travestis ven al género como algo que está rígidamente demarcado y excluyente:  masculinidad y feminidad y, en este sentido, el travestismo refleja los roles de género tradicionales, autoexcluyentes entre sí. Un varón no puede comprometerse en conductas no masculinas si primero no disfraza su masculinidad y la cubre con una apariencia femenina. La segunda razón nos regresa a la cuestión de la fantasía. ¿Qué crea una travesti cuando se trasviste? A través de la travestización, ella crea una mujer sintética y, al hacerlo, reemplaza una realidad actual con una realidad sintética. El travestismo consta de una “díada sintética” en la que su creación, su yo femenino, responde a los deseos de su yo masculino. Sustituye así relaciones humanas reales por relaciones sexuales sintéticas.

A la pregunta ¿por qué son los varones quienes mayoritariamente crean este tipo de figura fantasiosa?, Whoodhause responde con argumentos vinculados a los procesos de socialización de mujeres y varones y a las políticas de género en ellos comprometidas. Los niños son educados para abrazar la masculinidad y provocan la consternación social y paterna cuando ellos exhiben signos que los desviarán de su ruta. Esto arroja alguna luz sobre una paradoja atribuida al travestismo. Como resultado de la socialización que reciben los niños, los varones se comprometen con la imaginación femenina usándola para la satisfacción sexual, la relajación y el placer. Los modos patriarcales establecen que si una mujer adscribe a rasgos tradicionalmente masculinos no es necesariamente otra cosa que una mujer. Cuando los varones lo hacen, son afeminados y homosexuales. La construcción de la sexualidad no asocia las ropas masculinas al erotismo. A diferencia de la masculinidad, la construcción de la feminidad no implica una identidad de género tan inflexible como para rechazar la incorporación de conductas tradicionalmente asociadas con el sexo opuesto, precisamente porque la masculinidad es definida como superior. En estas cuestiones, dice Woodhause, reside el hecho de que el travestismo sea un fenómeno reservado para los varones.

Finalmente, la autora del artículo plantea que el travestismo replica las divisiones de género, se basa en imágenes de la mujer que han sido usadas para objetivarla y oprimirla. La travesti usa esto como fantasía para su propio placer, siempre reteniendo la facilidad para volver al status primero de la masculinidad.

            Junto a estos autores ubico también a Richard Ekins (1998) y su trabajo Sobre el varón feminizante: una aproximación de la teoría razonada sobre el hecho de vestirse de mujer y el cambio de sexo, en el que ubica el travestismo en un proceso de deslizamiento gradual de un género a otro.  El artículo presenta los resultados de una investigación llevada a cabo por más de once años con travestis y transexuales en Inglaterra.  A partir de una exhaustiva crítica a distintos modelos teóricos usados para estudiar el travestismo, Ekins acude a la “teoría razonada”. Esta consiste, en términos generales, en establecer un corpus teórico a partir de datos obtenidos de forma sistemática y analizados desde la investigación social, siguiendo la metodología básica de autores tales como Glaser,  Bigus, Haden  y Strauss[18][18]. Los procedimientos escogidos por Ekins para estudiar el travestismo reparan en las propias vivencias que los actores sociales tienen en su trabajo, en la familia, en los entornos médicos, en las organizaciones que pudieran alojarlos.

Como resultado del uso de los procedimientos propios de la teoría razonada en el estudio del travestismo y de personas que desean cambiar su sexo, Ekins crea la categoría de “varón feminizante” o varones que quieren feminizarse (de diversas maneras, en diferentes contextos, en distintos momentos, etapas y con diversas consecuencias). Distingue luego tres formas fundamentales de feminización: el cuerpo feminizante, la erótica feminizante y el género feminizante.

El travestismo será siempre, para  Ekins, una feminización de género; pero puede implicar o no una feminización erótica. El varón feminizante que define encuentros eróticos homosexuales como heterosexuales, o encuentros heterosexuales como lésbicos, por ejemplo, está a menudo dotando de género a su sexualidad – puede estar ejerciendo la erótica feminizante, como el varón feminizante que intenta masturbarse según lo que para él es una forma femenina. Y ambas feminizaciones, la de género y la erótica, a su vez, pueden o no implicar una feminización corporal.

El cuerpo feminizante focaliza en los deseos y prácticas de los feminizados para feminizar sus cuerpos. Ellos pueden incluir cambios deseados, efectivos o simulados, tanto de las características primarias como secundarias del sexo. Así, un nivel implicaría el cambio cromosomático (no posible aún), gonadal, hormonal, morfológico y neurológico; y otro nivel el cambio de vello facial, del vello corporal, del craneal, de las cuerdas vocales, de la configuración del esqueleto y de la musculatura.

La erótica feminizante hace referencia a aquel tipo de feminización que tiene como intención o como efecto despertar el deseo sexual o la excitación. Cubre un amplio rango que va desde aquel varón feminizante que experimenta lo que percibe como un orgasmo múltiple femenino, a aquel otro en el que se despierta un erotismo ocasional al mirar una revi